viernes, 18 de julio de 2014

Yo muero; tú mueres; él muere...





 
Una vez más. De nuevo el perenne olor de la muerte, el olor de una guerra milenaria, inagotable, el olor de sangre nueva derramada sobre una tierra vieja y santa.
Soy cristiano, soy católico, soy gentil y mi Dios quiso nacer judío. Por cultura, por historia, por religión mi sitio está entre ellos. Pero ni con el Viejo Testamento en una mano, ni con el Holocausto a mano de los nazis en la otra, me sale…, no puedo aplaudir los bombardeos, ningún bombardeo con razón o sin ella. Lo puedo explicar, casi justificar, pero no puedo admitirlo como franquicia sin inventar otro procedimiento, me supera. Más es decisión que toman los generales, los Jefes de Gobierno; a nosotros, a mí, me corresponde gritarles a la cara que no saben hacer otra cosa; que no saben, no quieren encontrar soluciones civilizadas. Sé que se me tachará de “buenista”, de ingenuo y hasta de hipócrita, pues lo siento. Así soy yo. Invocaré la paz porque nos la merecemos y porque hasta las bestias se amansan con música. Con la música de los tiros, me dirá alguno. Pues bien, entonces, tomemos posiciones. Todos. El sofás adormece y los telediario ya no conmueven. Si hay que parar al moro, al árabe, al islamita, al musulmán o como quiera que se llamen en ese mundo temido y temible, hagámoslo. Pero compartiendo responsabilidades presentes y futuras. Incluso remordimientos si llegara Hiroshima(bis).
Seguramente en este clamar y reclamar que hago, habrá quien mal interprete mis palabras o no llegue al fondo del siempre truncado afán por acabar con este mundo criminal en el que vivimos. El mundo del hombre animal, fiera; el mundo del hombre depredador de intereses materiales por los que mata sin contemplaciones; el del hombre violento y sediento de poder que asesina por lograrlo; el del hombre devastador que asola toda vida natural y  humana que encuentra a su paso; el del hombre depravado, de bajo y ruin instinto; el del hombre que con piedras o espadas, con la pólvora o con un poco de E=mc2, ha sembrado la tierra de cruces a lo largo de su existencia.
Mundo en el que el proyecto de hombre creyó callar la Voz del Hijo del Hombre.
Más aviso para navegantes de ayer, de hoy y de siempre:
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. (Marcos 13:31)

 
 
 
 
Saludos y gracias por su atención.

lunes, 7 de julio de 2014

25 de Mayo elecciones europeas. El fenómeno "Podemos" Primera parte.



El 10 de Marzo de 2011, publiqué en este humilde blog, una breve entrada titulada INEM… TODO A CIEN, en la que aventuraba la tendencia política a la que podíamos llegar, dada la catastrófica realidad de paro, hambruna, indigencia, calamidad y desesperación a la que el Gobierno socialista de entonces nos estaba conduciendo.
Como quiera que mi audiencia se limita a unos pocos amigo, me permito volver a reeditarla, corregido el pequeño matiz del clima, el nombre del partido y su líder. (Igual consigo nuevos lectores) los viejos disculparan la reiteración. Creo.
Decía así más o menos:
Que se sepa. Aún nos quedan redaños para decíroslo: ¡Estamos hasta los cojones de limosnas! No queremos ser mendigos. Queremos ser Ministro, o diputado, o teniente alcalde, o cargo de confianza, o maricona y presentar un programa canela en una TV caca. Lo que sea. Pero los cuatrocientos veinte euros (420 €) os lo metéis por donde os quepa.  Yo sé, que lo que os pide el cuerpo es mantenernos a todos. Eso sí, colgados en la ventanilla del subsidio y el sonrojo, claro, claro. Para que tengamos claro de quién dependemos y a quién debemos las cáscaras de plátanos que nos comamos en esta turbia vida. Esta es la España que queréis, la que entra a hurtadillas a venderle al usurero del momento las cuatro piezas de oro de las comuniones, del recuerdo, de la nostalgia, de los abuelos. Esta es la España que queréis, la que anda buscando en Carrefour la bolsa de comida para
indigentes. Esta es la España que queréis, la de las largas colas en Cáritas. Esta es la España que queréis, la que ha de pasar por la quilla del barco del agravio y de la humillación, de la vergüenza y la impotencia; hasta que la tengáis suficientemente sumisa, maleable, dócil, mansa, hasta que os suplique árnica por molestar. Esta es la España que habéis logrado en los albores del siglo XXI, la progresista, la de izquierda, la de la “repartiora”, la anti-todo y pro- nada, la de “Podemos” de toda la vida, la de un tal Pablo Iglesia. Pena, ¡tío!
 
Saludos y gracias por su atención.

viernes, 4 de julio de 2014

LA MISIÓN


La Misión, película con guion y argumento basado en la vida del sacerdote jesuita, misionero y escritor peruano Antonio Ruiz de Montoya, es sin duda una obra maestra de la industria del cine; y una muestra bastante fidedigna de la labor que la Orden fundada por S. Ignacio de Loyola ha venido realizando por estos mundos de Dios que monopolizan los hombres.
Se podrá ser furibundo agnóstico o fervoroso católico, pero lo que no cabe duda, es que para hacer una sinopsis que trate el argumento de esta obra con cierta objetividad, hay que intentar abstraerse de sentimientos y prejuicios más o menos arraigados en nuestra mentalidad por formación y educación, en un sentido u otro. Ardua tarea ésta siempre, en lo cotidiano, en lo sencillo y en ir y venir de la vida diaria. Así máxime, cuando pretendemos enjuiciar hechos históricos y comportamientos culturales de otras épocas o de las contemporáneas.

Se desarrollan los acontecimientos de este relato en los alrededores de las cataratas de Iguazú, situada entre Argentina y Brasil, donde los jesuitas trataban de cristianizar a los indios guaraníes recogidos de la selva en una misión de la Compañía. Y hay que reconocer, que con gran éxito. Allí y en todo lugar, habría que convenir. Si bien, unos dirán que por candidez de los indígenas y argucia de los sacerdotes. Pero lo que se desprende de todos los testimonios, es incuestionable: cualquier contingencia en este empeño, repercutiría siempre en detrimento de los padres jesuitas. Sin embargo, por principios y por norma de conducta han llegados estos frailes y los de otras Órdenes Religiosas a los más intrincados lugares del planeta, sin violencias, sin amenazas.  Dado, entre otras razones, porque la Iglesia entendía que el derecho a la predicación del Evangelio no suponía la conformidad forzada del mismo, y siempre defendió y buscó la aceptación libre y voluntaria. Buscaban, integrándose primero en su mundo y enseñándoles después lo que sabían y creían: su fe. Fe por la que no les ha importado, a lo largo de la historia, perder sus vidas, unas veces a manos de sus propios prosélitos, y las más por los poderes político o militares. O ambos al unísono. Sólo una incomprensible locura puede conducir a algunas personas elegidas para tratar de infundir en los demás su filosofía idealista y su fe cristiana a riesgo de una muerte casi segura a cambio de nada, por altruismo, por una absoluta convicción en su Dios y su mensaje.
Los indígenas, acosados, perseguidos y cazados por mercenarios para su venta en el mercado de esclavos, dan muerte a varios de estos misioneros entre el miedo y la autodefensa. Desencadenante del nudo de esta obra.
A la misión vuelve el padre Gabriel con un oboe y una biblia para retomar de nuevo su labor de evangelización, e instruirlos en las técnicas y el uso de herramientas para la agricultura, la música, etc. En definitiva acercarlos a la cultura europea. Además de protegerlos de los tratantes de esclavos. Que a pesar de estar abolida esta práctica por Pontífices y la Ley de Indias que dictaron los reyes de España desde los tiempos del emperador Carlos V, se ejercitaba, por interese espurios, de forma impune por viejos militares españoles y portugueses. Contubernio que reportaba pingües beneficios entre los caciques de la zona.   
Aquí entra en liza el personaje que más simbolismos representa: el capitán Rodrigo Mendoza, militar, pendenciero y cazador arbitrario de indios. Tras dar muerte a su hermano en un duelo ocasionado por haberle arrebato éste la amante, entra en una depresión moral, espiritual y física. Cuando los remordimientos están a punto de hundirlo definitivamente, el padre Gabriel le ofrece una oportunidad: volverse con él a la reducción a modo de penitencia y consuelo. Admite el reto y previene al padre de su posible fracaso en el intento.
Arrastrando un voluminoso y pesado hato emprende la marcha hacia la desembocadura del Rio de la Plata, hasta donde rompe la gran cascada y junto a ella, la empinada, temible y enriscada cortada que sirve de acceso a la altiplanicie. Sólo, sin admitir la más mínima ayuda, inicia la subida jugándose la vida a cada pocos metros conseguidos. Sobre sus hombros sujeta la soga de la que cuelga parte de su vida: su silla de montar, su armadura, sus pistolas, sus espadas. Pesada carga que le ha acompañado durante muchos, muchos años y ahora lo quiere empujar al vacío, al abismo. El pundonor de la hidalguía española, el arresto del soldado y el deseo ferviente de hacerse perdonar por Dios y los hombres, le llevan exhausto a la cima. Los indios guaraníes que ha contemplado el corazón puesto en la gesta del traficante de esclavos, perdonan a su verdugo y cortan las ataduras dejando caer al fondo del rio su pasado de violencias y amarguras.
Paradójicamente no pasaría mucho tiempo, sin tener que romper su propósito. Decisiones de ambiciones políticas y acuerdos de intereses entre España y Portugal le condicionan a abandonar la misión; y a los padres y hermanos jesuitas en la disyuntiva de irse o ponerse junto a los nativos para su defensa. No hay lugar a dudas, la protección es la única decisión coherente con sus principios, espirituales y morales. Y desde dos frentes, el espiritual y cristiano representado por el padre Gabriel, y el militar y violento personificado por el capitán Rodrigo Mendoza, junto al resto de la misión, se enfrentan en un holocausto a las fuerzas infinitamente superiores de los ejércitos portugueses.                 
--“Vuestra Santidad el pequeño asunto que me trajo aquí, al más lejano confín de la tierra, está ya resuelto. Y los indios están libres de nuevo para ser esclavizados por los pobladores españoles y portugueses… Creo que este no es el tono adecuado”…   Le traiciona al Nuncio el subconsciente en estas palabras iniciales. Al punto que rectifica radicalmente su misiva al Papa y le da un enfoque más conforme con la filosofía de la iglesia católica y la hipocresía de las monarquías dominantes. Todos conscientes que la verdad aparente, encierra una mentira soslayada.
…”Así pues Vuestra Santidad ahora vuestros sacerdotes están muertos y yo sigo vivo. Pero en verdad soy yo quien ha muerto y ellos los que viven. Porque como ocurre siempre el espíritu de los muertos, sobreviven en la memoria de los vivos”.
Saludos y gracias por su atención.