Si para ser político, hay que
dejar de ser aspirante a humano, olvidarse de valores, renunciar a idealismos,
trastocar filosofías, relegar noblezas, convertirse en un apátrida entre
sediciosos, un traidor entre asesinos, un hipócrita entre tus compatriotas,
además de recurrir sistemática y descaradamente a la más pura demagogia… a la
degeneración de la democracia, a las concesiones y los halagos de los
sentimientos más elementales de los ciudadanos para conseguir o mantener el
poder (que por definición así nos lo dice la RAE), entonces… ¡execrable oficio!
Y perversa ciencia. Y si así son y así hacen los amos… de los criados mejor ni
hablar.
No me levantéis el brazo con el
puño cerrado o la mano abierta, que todo es una asquerosa mentira. Llegado el
momento, quien de verdad se irá al carajo, seré yo, entre las aborígenes de un
río de cretinos. Porque ellos, éstos que ahora, como siempre enardecen a la
gente sencilla, ocultaran sus posaderas a la espera de mejores tiempos.
Ahí están, ignorando la tragedia
de miles y miles de familias en cualquier ámbito que les inquiete; de espalda
al doloroso sentir en que la inmensa mayoría de gente se debate: desde el
terrorismo al paro, desde las escuelas a la unidad de su país, desde su idioma
a su historia, desde el aborto a la eutanasia, desde su religión y su Dios al
trágala islamista…
Y uno se queda sin saber para
donde mirar. Ni, que decir. Ni, que hacer. Te ensimisma, y ya está, no por cobardía,
no por desinterés, no por falta de corazón, sino porque se ve uno pequeño,
impotente, inútil. Te indigna la
política y los políticos; te desespera la prensa, la radio, la televisión y
hasta el cine; la libertad, si alguna vez afloró, está marchita y huele.
Largos años de sinsabores, de
traiciones y robos a la historia, a la Patria, a la ética, a la moral
cristiana, a los padres de familia y a sus hijos, a la Constitución, a la
ilusión, a la esperanza, al Erario y a España.
Largos años de profanas leyes,
de impúdicas mentiras, de lacerantes limosnas, de ungir taifas, de ridículas
bufonadas, de vertiginosa pobreza, de desnuda, descalza y pobre cultura, de
extirpación del orgullo español, de hurgar en viejos rencores, de abrir
trincheras, de avivar odios donde sólo puede y hay mutua admiración… y todavía,
con suerte, con mucha suerte, he de soportar esta inmunda política, su
crímenes, sus terrorismos, físicos y mentales, los años que Dios me de vida.
Tristes debemos estar […]
Tristes por haber caído en el poder de éstos, de aquellos y de toda la casta
política que expolia, tiraniza y descuartiza esta vieja patria nuestra. […] no
tanto por sabernos presos, sino por haber caído por descuido, por idealismo,
por simplismo. Por estar sin freno, a pie y desarmados, estando obligados a
permanecer alerta. Imperdonable fallo.
Desesperante, acongojante,
deprimente…
Saludos y gracias por su atención.